Ainhoa Marcos, VP de Educación y Sector Público de Letmino.
Después de cinco cursos formando a docentes en competencias digitales, cada vez tengo más claro que no necesitan conocer todas las herramientas, necesitan criterio para decidir qué hacer con ellas.
Hoy, 5 de octubre, se celebra el Día Mundial de los Docentes; para mí, además, vuelve a ser el primer día de clase un año más.
Desde el curso 2021-2022 combino mi trabajo como VP de Educación y Sector Público en Letmino con la docencia en el Máster Universitario en Tecnología Educativa y Competencias Digitales de la UNIR y cada año recibo a uno o varios grupos de estudiantes con los que trabajo competencias digitales, inteligencia artificial, Big Data y tecnología educativa.
Muchos de mis alumnos ya son docentes; otros acaban de graduarse. Algunos llevan años dando clase en Primaria, Secundaria, Formación Profesional o Universidad. Hay años que tengo varios grupos a veces recibo docentes de España, otros también en distintos países de Latinoamérica.
Sus experiencias son muy diferentes, pero hay una preocupación que aparece con bastante frecuencia entre los docentes: “Necesito prepararme porque mis alumnos saben mucho más de tecnología que yo”.
Y creo que ahí empezamos muchas veces por la pregunta equivocada. Un profesor no necesita conocer más herramientas que sus alumnos. Ni probablemente podría hacerlo. Las herramientas cambian demasiado rápido.
Lo que necesita un docente es criterio para entender qué tecnología puede mejorar el aprendizaje, cuál no, cuándo utilizarla, cómo hacerlo y qué preguntas debemos hacernos antes de introducirla en el aula.
Después de varios años formando a docentes, cada vez estoy más convencida de que ese es uno de los grandes retos que tenemos por delante.
Las herramientas cambian, el criterio permanece:
Durante mucho tiempo hemos asociado la competencia digital del docente con saber utilizar tecnología, pero es evidente que eso no es el objetivo y la inteligencia artificial lo está haciendo todavía más evidente. Podemos enseñar a un profesor a utilizar una herramienta determinada, pero probablemente dentro de unos meses habrá aparecido otra mejor. Podemos enseñarle a escribir un buen prompt, pero eso tampoco le prepara necesariamente para la siguiente tecnología.
Por eso, cuando hablamos de competencia digital docente, creo que tenemos que ampliar la mirada. Necesitamos docentes capaces de analizar, cuestionar, contrastar fuentes, entender cómo funcionan la IA y los datos y decidir cuándo confiar y cuándo comprobar. Y necesitamos que sean capaces de trasladar ese mismo pensamiento crítico a sus alumnos.
Hace unos días, preparando una ponencia sobre inteligencia artificial y aprendizaje, pensaba precisamente en esta paradoja: la IA puede conseguir que un alumno deje de pensar, pero también puede ayudar a conseguir que piense mejor.
La IA puede escribirle un trabajo o pedirle que defienda un argumento. Puede darle directamente una respuesta o hacerle preguntas hasta que llegue a ella. Puede resumirle un libro que no ha leído o ayudarle a comparar diferentes interpretaciones. Puede inventar una fuente o convertirse en la oportunidad perfecta para aprender a comprobarla.
La herramienta es la misma, el aprendizaje no. Ahí es donde el papel del docente sigue siendo fundamental.
Pero no todos los docentes necesitan aprender lo mismo:
Este es también uno de los aprendizajes que me llevo de mi trabajo en Letmino con universidades, administraciones educativas y centros escolares.
Una buena Formación para profesores de primaria y secundaria no puede ser idéntica a la formación de profesores universitarios. Tampoco tiene las mismas necesidades un docente de Formación Profesional que uno de Primaria, ni alguien que empieza su carrera que una persona que lleva veinte años entrando cada mañana en un aula.
Sin embargo, todavía diseñamos la formación igual para todos. Cursos largos, lineales y muy teóricos. Grandes catálogos con miles de recursos que trasladan al docente la responsabilidad de averiguar qué necesita, dónde encontrarlo y por dónde empezar. Tener más contenidos disponibles no significa necesariamente aprender mejor.
La formación de docentes K-12 y la Formación Continua para Docentes Universitarios deberían partir cada vez más de las capacidades, necesidades e intereses de cada persona y de los retos reales que encuentra en su aula.
Y esas necesidades tampoco son exclusivamente tecnológicas. Hoy estamos ayudando a instituciones a trabajar competencias digitales junto con nuevas metodologías educativas, bienestar, inclusión o incluso formación para las familias. Porque desarrollar al docente significa también entender el contexto educativo que tiene delante y ser capaz de evolucionar con él.
No se trata de hacer cursos sino de desarrollar capacidades. Por eso también creo que debemos revisar qué esperamos de una Plataforma de Formación Online para Profesores.Una buena plataforma de formación para profesores no debería limitarse a alojar cursos y registrar quién los ha terminado.Debería ayudarnos a construir itinerarios, personalizar el desarrollo profesional y ofrecer una formación flexible, accesible y conectada con las necesidades reales de cada docente.
También debería permitir combinar formatos y recursos para que cada persona pueda aprender de la manera y en el momento que mejor encaje con su realidad. Porque la formación continua no debería consistir simplemente en tener más contenido disponible.
Debería ayudarnos a responder a preguntas mucho más importantes: ¿qué necesita aprender esta persona? ¿Por qué lo necesita? ¿Cómo podemos acompañarla? ¿Y qué ocurre después de la formación?
¿Cómo medir el impacto de la formación docente en centros educativos?
Medir horas de formación, cursos completados o certificados es relativamente sencillo. Y son datos útiles. Pero no nos dicen todo lo que necesitamos saber. Podemos tener una institución con miles de cursos y cientos de docentes certificados y, aun así, haber cambiado muy poco lo que ocurre dentro del aula.
Por eso necesitamos mirar más allá: ¿Los docentes continúan aprendiendo? ¿Encuentran recursos relevantes para sus necesidades? ¿Aplican lo aprendido? ¿Incorporan nuevas metodologías? ¿Utilizan la tecnología con mayor criterio? ¿Comparten esas prácticas con otros profesores?
Y, finalmente, la pregunta más difícil y también la más importante: ¿qué está cambiando en el aprendizaje de sus alumnos?
No siempre podremos establecer una relación causal directa. En educación intervienen demasiados factores como para simplificarla de esa manera. Pero sí podemos aspirar a algo más que contar cursos, horas y certificados.
Especialmente cuando hablamos de competencia digital, hay una transferencia que me parece fundamental: un docente digitalmente competente está en mejores condiciones para desarrollar alumnos digitalmente competentes.
Alumnos capaces no solo de utilizar herramientas, sino de analizar información, contrastar, cuestionar una respuesta generada por IA, reconocer una fuente fiable y tomar decisiones con criterio. Ese es el impacto que realmente debería importarnos.
Hoy 5 de octubre volveré a encontrarme delante de un nuevo grupo. No sé qué herramientas utilizarán mis estudiantes dentro de cinco años. Algunas de las que trabajaremos este curso probablemente habrán cambiado o incluso habrán desaparecido. Por eso mi objetivo no puede ser que salgan de mis clases dominando una lista de herramientas. Quiero que salgan sabiendo aprender, preguntar, cuestionar y decidir y que pierdan el miedo a no saber. Porque quizá ser un docente digitalmente competente no consiste en saber más de tecnología. Consiste en saber mejor qué hacer con ella.

Ainhoa Marcos, VP Educación y Sector Público, Letmino